Lila Motoco
Aprender a escuchar un lugar
Una vida construida junto a la montaña y al Motoco
Hay personas que pasan por un territorio. Y hay personas que construyen con él una relación capaz de transformar una vida.
Lo que aparece es la historia de un vínculo construido a lo largo de décadas con un rincón de la cordillera que la acompañó en distintos momentos de su vida y que, al mismo tiempo, le fue enseñando a mirar de otra manera.
Porque en el relato de Lila el Motoco aparece como una presencia constante. Como un espacio que estuvo ahí en momentos de alegría, de incertidumbre, de búsqueda, de crecimiento y de transformación. Un espacio al que volvió una y otra vez hasta que terminó formando parte de su propia historia.
En esta nota:
- El Motoco como compañero de vida
- El primer encuentro con el Motoco
- El paso de las estaciones en el valle del Motoco
- El trabajo cotidiano para mantener los senderos del Motoco
- La crisis climática y la transformación del Motoco
- Cuidar el Motoco y acompañar a quienes lo visitan
- Ser mujer en la montaña: experiencias y aprendizajes
- Cuidar el Motoco por encima de cualquier beneficio económico
- Vivir en el Motoco: la soledad, la distancia y los afectos
- El futuro del Motoco y las áreas protegidas
- Hablar con Lila es una más de las experiencias inolvidables que nos permitió el Motoco
El Motoco como compañero de vida
Uno de los aspectos más valiosos que aparecen en esta entrevista es la forma en que Lila entiende su relación con el lugar. Desde la responsabilidad de cuidarlo. Desde el compromiso de comprender su fragilidad, respetar sus límites y acompañar sus procesos sin intentar imponerles otros.
A lo largo de ese camino, Lila también se convirtió en una referencia para muchas mujeres. Su forma de vivir, de asumir responsabilidades y de sostener sus convicciones mostró que existen otras maneras de habitar la montaña. Maneras donde la fortaleza convive con la sensibilidad, el compromiso se expresa en acciones concretas y donde el cuidado se convirtió en una práctica cotidiana.
Esta entrevista forma parte de la serie Mujeres de la Montaña, una propuesta de Comarca Una que busca recuperar las historias de mujeres que han construido relaciones profundas con los territorios que habitan. Historias que nos enseñan que conocer un lugar no consiste solamente en llegar hasta él, sino en aprender a escucharlo.
Y pocas personas pueden hablar de esa escucha con tanta profundidad como quien dedicó tantos años de su vida a caminar, observar, cuidar y aprender junto al Motoco.
Los comienzos de Lila Motoco
Una infancia marcada por la vida al aire libre
A la montaña llegué de la mano de mi viejo. Él era un enamorado del Sur, que vino con un compañero de colimba en un viaje en Citroen, poco antes de 1970, y decidió que tenía que vivir por aquí. Luego se casó y, pobre mi vieja, la trajo de luna de miel acá (La Comarca).
Ella, mujer muy citadina, le pedía que la lleve al centro, sin apercibirse de que estaban en el centro mismo, en el Hotel Amancay (El Bolson).
Transó en venir a vivir aquí, porque no había tanto viento como en Bariloche, compartía el deseo de criar muches hijes, cosa que en Baires se complicaba. Así que siempre agradecides, les 5, con ella por su ‘sacrificio’, y con él por la pasión, por llevarnos siempre y mostrarnos: campamentos mucho, a veces las vacaciones completas de mi vieja, 2 semanas acampadas, lago, remo, pesca, jugar en el bosque, parrilla, noches, todo eso.
Y caminatas, mucho. Montañas y senderos, lo que hubiera disponible. La mochila, cumbres, flora. Gusto por lo simple, eso.
Hoy día tenemos más de 40 todes, y seguimos teniendo eso en común: el amor por la actividad al aire libre.
El primer encuentro con el Motoco
Al Motoco llegué en una subida de Mujeres.
Hacía rato que tenía ganas yo de ir a conocer, porque estaba el dato de que estaban haciendo un Refugio nuevo allí, y yo no conocía el lugar. En aquel tiempo había pocos refugios, los del Club Andino (Piltri, Cerro Lindo, Hielo, Perito), y ya había arrancado Atilio (Cajón del Azul) también a recibir gente.
Así que toda nueva oportunidad era bienvenida, la curiosidad, y también el incentivo de la seguridad, porque donde hay un refugio hay un sendero transitado, y yo no era tan osada para atreverme a lugares desconocidos para mí, sola, y sin contar con que la huella era bien seguible.
La atracción Motoco
Así que le insistía a un pibe con el que andaba, con el que siempre íbamos al Hielo, porque él era músico, igual que Ramiro (refugiero), así que lo recibía como a un amigo, tocaban todas las noches, guitarra, charango y quena, no le cobraba, etc. Así que no me cabresteaba pal Motoco.
Después él se fue a Buenos Aires, y yo seguí yendo al Hielo, sola. Ramiro no paraba de hablarme de Ariel, y que estaba arrancando allá (porque Ariel había trabajado con Ramiro, además de en el C° Lindo).
Una salida que cambió el rumbo de su historia
Y resultó que yo ese invierno dí talleres de Inglés sociales en la Biblioteca del B° Usina (El Bolsón). Y la bibliotecaria, Pato, resultó ser la cuñada de Ariel. Su compa, José, hermano de Ariel, había estado trabajando todo el verano allá (en el Motoco) con Ariel, terminando de armar el Refugio, la parte de carpintería. Así que ella, que no era de montaña ni nada, ya había ido varias veces. Organizó una subida de mujeres el 21 Septiembre, y me invitó, sabiendo que yo iba al Hielo todos los findes. 8 minas fuimos.
Ariel nos esperó con Cacho, el primer refugiero del 1er refugio; de Los Laguitos (el quemado).
Nos guió hasta el Lago (Duke). Era el año 1998. 21 de Septiembre y había nieve en el Alerzal Chico. 40cm en el mallín (al menos lo que te hundías). El Lago estaba congelado, y tapado de nieve. Ya habiendo conocido el sendero, me animé a volver sola, que es como yo más me conecto en la montaña (lindo el compartir, pero menos el sentir…).
Eso fue el finde largo del 12/10/98. Ahí nos enganchamos Ariel y yo (somos del 11/10).
Ariel, el refugio y el comienzo de una historia compartida
Yo en ese tiempo trabajaba en una despensa de Golondrinas (Lago Puelo), de lunes a viernes por las mañanas, así que los viernes al mediodía subía, y bajaba los domingos. No tardé mucho en renunciar a la despensa, y quedarme con Ariel arriba (en El Motoco). Quedarme todo lo que diera, porque había que bajar a generar.
Aquello estaba empezando, y no daba ni para la comida. Pero a partir de ahí empecé a buscar actividades no fijas, que me permitieran movilidad, y quedarme arriba todo lo posible.
Yo vendía comida en la calle. Le metía 5 días a full, y compraba mercadería para 3 semanas. Ariel se dedicaba a la reparación de calzado, changa más bien invernal. Lo mismo: se perdía en la zapatería hasta quedar bizco, y luego nos íbamos hasta quedarnos sin nada, para volver a subir luego, doblados de peso.
De a poco allá se empezó a mover, nunca para tirar todo el año en aquellos tiempos con Ariel, pero sí para llegar a fin de otoño sin complementar con otra actividad. Y se podía ir invirtiendo en cosas para el refugio. En paralelo nos fuimos uniendo como pareja, construyendo abajo, agrandando la flia. La hija llegó cuando llevábamos 4 años arriba, y fueron los últimos años de aquellos primeros 7, hasta el accidente (de Ariel), que ya nos movimos de a tres.
Lo que hace único al Motoco
Lo que hace único para mí al Motoco es la forma en que me habla. Ese Poder que tiene. La forma en que se mete adentro de mi cuerpo, se apropia de mí, y me hace parte de él.
El paso de las estaciones en el valle del Motoco
El Sol
En el valle es muy notable el cambio en las distintas estaciones. En el Motoco, la transición es casi exagerada. De la llegada del sol a las 7.20 en el solsticio de verano, a fines de Marzo ya estamos en las 12.30; se diría que el otoño llega ‘a pique’.
Porque a lo quebrado del cañadón, que es estrecho y lo hace sombrío, se suma la forma de los cerros. A medida que el sol ‘se corre’ hacia el Norte, también se acerca a la torre del (cerro) Alicia; ahí ya vas en un 15 minutos por día menos, casi. Por eso en Marzo vuelve la humedad al cañadón, porque empieza el rocío, y aunque haga calor a la tarde, ya pasan a ser muy pocas las horas de sol. Fines de Abril, ya estamos en 13.30h, y con heladas.
O sea que a las 10.30 todavía sigue helando por 3hs más. A la tarde, si está soleado, igualmente andás en remerita. A partir de Mayo (2da quincena normalmente, depende cómo venga el año puede ser antes) empezás a buscarle el horario a las pasarelas, porque la helada ya no remite en todo el día, y el sol llega a las 2.
El invierno en el Motoco
El área del Refugio es más abierta, y tiene más horas de sol, pero la mayor parte del sendero es sombrío, y el sol llega filtrado por ramas de coihue, muy débilmente, en partes por no más de 15′. Así que a las pasarelas les pega en todo el centro, pero no en la entrada ni la salida (que en el caso de la 2da, son en subida y bajada, por lo larga). Ahí te las regalo. Yo no soy la más valiente para eso, y al llegar al otro lado, resulta que voy transpirando capaz con -5 grados. Por suerte están cerca una de la otra, y el mismo horario sirve para ambas. En Junio, el sol llega 14.30 y se esconde 16.30 (ahí se trabaja ‘de sol a sol’). El sol es débil y no calienta.
Las heladas se acumulan unas sobre otras, y cuando viene una semana entera de heladas, el paisaje se ve todo blanco, como nevado, de puro hielo. Se forman ‘rosas’ de hielo en los arbustos. Se congelan las cascadas. El puesto (Portal) es aún más frío que el Refugio (‘el freezer’). En la 1era pasarela y el puesto, es el sector más helado de todo el sendero. Estamos mejor que La Tronconada, por ejemplo, que directamente no tiene sol por 2 meses, y la gata se cruza a La Playita, a asolearse.
El Sol en otros valles de montaña
En el Encanto (Blanco), me contaba Nacho, en otoño el sol sale dos veces en un momento: sale, se vuelve a esconder detrás de otra formación del cerro, para volver a salir luego. Cuando empieza a volver, es lo máximo. Eso lo sentimos todes. Pero en el Piltri, por ejemplo, en Primavera va mejorando todo, y de pronto vuelve patrás, por otra formación del cerro. Tremendo bajón. Debe ser cierto eso de no sé qué glándula en el cerebro, que registra las horas de sol, y regula el metabolismo. Si te quedás todo un invierno en el Motoco, casi te tira a la mierda, el círculo es súper reducido. Y cuando bajás al valle, y el sol llega a las 10, lo encontrás súper benigno, flasheas.
La energía de la primavera y el verano
La primavera es explosión de energía, y explosión de verde. Río poderoso, celestón. Las cascadas se despegan de la piedra en tremendo chorrazo, y te salpican. El verde de todo es flúo. Y arriba los cerros blancos de nieve. Puro Power. A fines de Enero sentimos morir, por el ritmo de trabajo acumulado, poco sueño, y la merma, que ya se hace notar (fines de Enero ya llega a las 9). Más la sequía, que deprime. Lo hermoso son las noches templadas, andar en remerita afuera. Y a quienes gustan, chapucear. Que las aguas están lo menos frías que pueden estar. Yo ya hace más de 10 años que no me meto al río, pero antes era asunto obligado, incluso en otoño. Y un año, en invierno se me había dado por la experiencia mapuche de amanecer, y meterme al río como primera medida, ja!
Lo que la montaña le enseñó a Lila Motoco
Lo principal que yo siento que aprendí, que me llevo para toda vida y para todo ámbito, es a sintonizar con los ritmos naturales del entorno, y tratar de sincronizar con eso. Al principio para mí era todo muy mente, muy ego, en mis planificaciones y eso. Luego fui viendo que la naturaleza tiene su propio ritmo, un ritmo muy armónico, que no es veloz ni lento, y que subiéndote a ese caballito todo fluye mejor. A saber aceptar cuando es no, cuando es no hoy, no ahora. Yo observaba, por ejemplo, la salida del sol, o el cambio de las estaciones, y pensaba: ahí hay algo que no se queda quieto, pero que tampoco se apura. Eso es sabiduría, me decía. Bueno, ese es mi capital.
La presencia del Motoco en la vida de Lila
En mi caso, mis recuerdos más significativos, los que tal vez me lleve como tesoros, fueron donde mi vida personal se cruzó con el lugar.
Especialmente haber criado allí a mi hija durante sus 2 primeros años y medio, parece que la veo ahí, sentadita en el pasto, colgada en sus pensamientos, o trepando la escalera, recuerdos con ella en el sendero, en la cotidiana. Y las visitas de mi nieta, ya como un déjà vu, pero en calidad de visita, yo en rol de abuela, ella con su personalidad tan diferente de su madre, menos dada a la reflexión y mucho a la acción: con un año y medio caminó del Arroyo Los Maquis al Refugio, en tiempo ‘normal’ de adulto. A los 4 fuimos al mallín juntas las 2 solas; el día antes sus papis fueron al Lago, y nosotras amasamos, lavamos ropa, entramos leña y fuimos al río. ‘Me gusta ayudarle a la abuela acá en el Refugio’ 🌿 Mis tesoros ✨️
El vínculo con el silencio y la soledad
Bueno, la soledad y el silencio son mi todo, así nomás.
Mi salud, podría decir. Tal vez como buena pisciana siento que la vorágine de los acontecimientos me pasa por encima, y en esa especie de paréntesis que hago en cada subida, lo primero es eso, el tiempo de reconectar con mi ritmo personal. Ideal empezar por dormir mucho, ahí todo vuelve a su centro, y casi siento que no tengo que hacer nada para que las cosas vayan encontrando su carril adentro mío. Teniendo esas condiciones, casi los procesos se van haciendo solos, como si sólo hay que procurarles el tiempo y el espacio, y dejarlos hacer.
Y es rápido! Eso también me llama la atención. Casi revolucionario. Estando sola allá, descanso más y mejor, a la par que rindo mucho más también para los trabajos.
Al hacerte el equilibrio perfecto de tus necesidades, te encontrás con un caudal de energía disponible, que bien canalizado incluso nos auto asombra.
Y ese sería el combo perfecto de la salud: soledad, silencio, descanso, trabajo. A mí por lo menos se me acomodan todos los tantos.
Por supuesto que eso también tiene un límite, y llega el momento en que estás ‘lista para bajar’, o esperar a alguien.
Los limites de la soledad
La soledad crónica también te limita un montón, todo tiene una medida. Y pasarte de punto te puede convertir en discapacitada social, o encerrarte en tus 3 rutinas y no ampliar o enriquecer tu propio pensamiento.
Así como las experiencias afectivas, necesarias para nuestro desarrollo integral, crecimiento, y la oportunidad de dar a otres, que es también una necesidad.
A nivel del vínculo con el lugar, en mi experiencia, o acorde a mi forma de ser, es ahí en soledad cuando le conocés y te conoce.
El trabajo cotidiano para mantener los senderos del Motoco
Al menos en nuestro caso, lo que más trabajo da es mantener el acceso, y los senderos de los recorridos. Se trata de un terreno quebrado, con mucha piedra, mucha raíz, mucho desfiladero, mucha agua que baja rompiendo todo, derrumbes, socavones, golpes de agua que arrasan puentes, eso es lo principal. Además, es un lugar dentro de todo de bastante larga distancia, tanto para llegar al Refu, como de allí para arriba. Terminan siendo muchos kms de trabajo manual (picota, barreta, moto, hacha, malacate, etc), todo tracción a sangre digamos. Los coihues que caen muchas veces son gigantes, al igual que las rocas. ¡Te tiene que gustar mucho todo eso! Jajaj
En la parte más alta, la huella menos consolidada, mucha reafirmación de la señalización, para evitar perdides. Machete en la lenga achaparrada todos los años, que crece como yuyo malo. Ir registrando los errores comunes, para reforzar ahí. En el pedrero hay que subir desde abajo la madera en la mochila, para poder señalizar donde no hay huella. Eso pesa, ja. Y no ir habilitando recorridos hasta no hacer ese rechequeo año a año.
La logística previa
Fundamental para la prevención, saber cómo está todo. Garantizar la viabilidad. Después también está el tema del abastecimiento de mercadería. Allá creo que es uno de los lugares más complejos en ese sentido, porque el sendero es agreste, no de cuatriciclo. Incluso para caballos es feo, no es suave para sus patas, no cualquier caballo sabe andar allá. Y el río, que a veces no da paso, en primavera, y nos deja a pura mochila, que no alcanza, hasta que baja. Son movidas largas, además.
El costo real de las cosas en el Motoco
Pichón tiene 2hs desde la casa hasta la base, a veces ya con la carga, más el sendero después. Jornada extendida, digamos. Salir a primerísima hora, y llegar a última, porque es mucho, y hay que darle descanso a los caballos. Sacarles la carga en el puesto (Portal del Motoco), no los podés reventar, porque necesitás que banquen el mediano y largo plazo y hay que mantenerlos en invierno, comprarles y/o acopiarles forraje para los meses que están ociosos, digamos. Eso, o es muy costoso, o toma mucho tiempo y energía.
Los desafíos de la lejanía del Motoco
Y bueno, después el mantenimiento de las instalaciones y los lugares de acampe. Al estar tan lejos ‘del mercado’ a veces hacen falta piezas que las terminás fabricando para ganar tiempo. Hay que ser muy picapiedra en eso, darse maña, o no la zafás. Y también parte de lo cotidiano es estar pendientes del regreso de las personas. Eso agrega un plus de adrenalina cuando hay demoras, y no sabés si seguir cocinando y atendiendo a la gente, o salir para arriba, o activar un alerta. Y eso es parte de la normalidad. Para mejor los regresos son a la tardecita, así que los alertas son siempre en horario nocturno.
La fragilidad ambiental del Motoco y el desafío del agua
La crisis climática y la transformación del Motoco
Uy, para mí la principal fragilidad del lugar, pasa por el agua en retirada. Y es un talón de Aquiles gigantesco, porque afecta a la vida toda del lugar, que si el agua empieza a escasear, moriría, así nomás. Acerca de esto, comparto otro texto viejo, ya no tan breve, donde desarrollo un poco más este tema tan preocupante, y tan fundamental…:
La calidez
Ariel solía preguntarse porque en el plano de Venzano, los laguitos alrededor del Mallín Grande (del Medio) figuraban como glaciares. (Hay que reconocer que las teorías eran conspirativas…). Cuando le pregunté a Pichón (Refugiero), la respuesta fue ‘porque lo eran’. Me quedé ‘helada’. ¿40 años para que se derritan, nomás? Guauuuu
Pero si me pongo a pensar que durante la construcción del ref del Hielo Azul, el glaciar casi llegaba hasta abajo de la (hoy) subida del glaciar; y que cuando yo lo conocí, la piedra que decía ‘1989’ estaba antes de traslomar; que el glaciar que nosotres conocimos tenía una isla de roca justo al medio, y una lagunita muy pequeña al pie, y hoy la isla de roca dejó de existir, porque el glaciar se redujo a de ahí para arriba, y la ‘lagunita’ es un lagazo mínimo 5 veces más grande… y sí, 40 años da la cuenta nomás.
En aquellos tiempos, en Octubre todavía no se podía entrar al mallín, porque había 2mts de nieve acumulada, y en el Alerzal Chico ya les llegaba a la panza a los caballos.
Cuando ‘la gente’ repite el dato de que los alerces crecen 1mm de diámetro por año, Pichón aclara ‘Eso era antes’. ‘Ahora, con la calidez (como él llama al conocido cambio climático) crecen más rápido’. ‘El frío los contrae’.
Bosques que avanzan y glaciares que retroceden
Dice que en aquellos años no había renovales. Él los vio nacer. Llegaron con ‘la calidez’. Yo los ví de 40-50 cm de alto, y hoy me doblan en altura. Y las lengas también asombran por el cambio. Están copando todo arriba. Si vas a un lugar donde estuviste hace 10 años, casi te desorientas, porque la lenga avanzó, cubriendo mallines y pedreros.
También se ve desde arriba: los manchones verdes ahora son más boscosos. Donde cayó el avión en 1989, y se limpió un claro para que baje el helicóptero, hoy las lengas tienen 30mts de alto.
Y todo eso se debe a la retirada de la nieve
Pensar que biólogues que hacen estudios para la provincia hacen informes donde consta que la vaca no deja crecer la lenga… ¿en qué planeta viven? ¿O es que ya está pautado que hablen en contra de la vaca? Porque casi es mejor ser malpensada, que pensar que puedan informar con tanta ignorancia. ¿No van a los lugares? ¿No vuelven?
Como cuando venían a hacer estudios del alga Dydimo en los solsticios, y el alga se manifiesta con el río bajo y las temperaturas altas (Febrero, ponele), no en Junio, con el frío, ni en Diciembre, con las crecidas del deshielo, que limpian todo. Y son especialistas.
Tuvimos 4 inviernos buenos (2017 al 2020), pero antes de eso, 15 años de sequía. Durante esos 15 años, los derretimientos de los glaciares los redujeron a la mitad. Porque al no haber nieve, en Diciembre el calor ya está derritiendo hielo. Y todavía queda todo el verano por delante.
Sequía, nieve y transformaciones del paisaje
Los últimos de esos 15 años las bajantes fueron tan alarmantes, que el cálculo era que si seguía así, en 5 años se secaba el río a la altura del refugio, en los meses secos.
Porque se convertía en charcos conectados por hilos de agua, y se cruzaba saltando por las piedras en cualquier punto. Hubo incluso inviernos secos, donde (ya no te digo nieve) ni siquiera llovía.
Y vertientes que nunca se habían secado, y que llamaban la atención en Febrero por la poca agua que entraba al río, resultó que en Junio el agua estaba 200 mts arriba, recién.
En el sendero, en marzo vuelve la humedad. Ese invierno, no. Recién en Agosto, con unas nevadas tardías, volvieron a correr los arroyos.
Por suerte vinieron esos 4 inviernos, ya inesperados, con su dosis de esperanza. Y cuando subías al filo de la Roca, remarcando el sendero pre-temporada, el glaciarcito estaba gordo de nieve, y te volvía el alma al cuerpo, no como antes, que el corazón se te hacía un puño en el pecho.
Ya este invierno pasado (2025) volvió a ser seco.
Cuando escuchamos que dos por tres vuelven con el proyecto de tomar agua del Motoco para Golondrinas, a veces no sabés si reírte o llorar, siendo que nos preguntamos por cuánto tiempo correrá el agua en el refugio.
Estaría bueno que las Instituciones que están para eso, al menos lo midieran. Porque van a ver la rana, el hongo, pero no el temita del agua. Del cual dependen la rana, el hongo, nosotres, y todo lo demás.
Turismo, conservación y manejo ambiental en el Motoco
Porque cuando hace unos años se les ocurrió la ‘regularización de refugios’, ahí sí se unieron, Medio Ambiente, DPA, Turismo Municipal, para exigir cosas (como que clorásemos el agua, por ejemplo), pero nunca para hacer algo puntual, mucho menos de provecho, ni por más urgente que sea.
Fácil 20-30 páginas destinadas a los detalles edilicios (cómo tenía que ser el cielorraso, por ej), y un sólo párrafo (muy cortito) referido al cuidado del ambiente. Donde constaba que los refugios debíamos ‘garantizar el cuidado del agua, el aire y la tierra’. Sin más detalle. Ni cómo, ni qué sí, ni qué no, nada.
Y a eso lo llamaron ‘Plan de manejo de la parte Turística’. Me acuerdo de la emoción cuando convocaron por ese tema. Parecía que ya iban a empezar a hacer algo. Al menos un papel donde apoyarte. Que se iba a poder empezar a trabajar coordinadamente, para cuidar los lugares. No en contra de.
Y resulta que están más pendientes de ‘dibujar la sonrisa al turista’. Tantas palabras, y me dio sed…
Acceso y conservación
Equilibrio
Tiene que ser posible hacer un equilibrio en la posibilidad de conocer y transitar lugares sagrados, y a la vez cuidarlos y conservar su magia y crecimiento. La libertad irrestricta en la montaña está muy bien vista, pero nadie se detiene mucho a pensar en las consecuencias a (no te digo largo) mediano plazo. ‘Porque yo no tiro ni un papel’. ‘Es más, voy juntando lo que tiran otres’, y eso está muy bien, pero ¿quién vela por el movimiento macro? En la práctica, se diría que nadie.
Que atrás de uno vienen veinte. Que la actividad del trekking se ha casi masificado, y ese crecimiento exponencial no se enmarca de ningún modo.
El impacto humano en los ecosistemas de montaña
Porque así como en un campo hay un punto de equilibrio en la pastura disponible y el número de animales, también el número de humanes hace a la diferencia, en cuanto a conservación.
Y no es negarle a la gente la posibilidad de conocer, sino tener en cuenta que no es sólo la gente la que tiene derechos, sino que las plantas, animales y demás habitantes del bosque, también tienen derecho a conservar su hábitat. El equilibrio roto hace que toda esa vida busque nuevos horizontes… ¿adónde? Si ya casi no hay lugares que reúnan las condiciones de tranquilidad que esa fauna requiere. Y por considerar que tienen un hábitat, necesitan un espacio bastante amplio.
Hoy día, aquí en el ANPRALE, son literalmente islas.
Soy de las que creen que los seres humanos no somos necesariamente enemigos de la ‘naturaleza’, sino que somos naturaleza misma.
Una pieza integrante, que bien ha sabido ser parte, dejando también ser a las otras formas de vida.
Es claro que ese equilibrio está bastante roto. Pero también nos creó con la inteligencia necesaria para hacer una valoración ‘a tiempo’. No hay mucho. A veces, y en el supuesto hipotético caso ideal de que todas las personas fuesen conscientes de su educación ambiental individual, con eso no alcanza. Hay que poner la mira en el movimiento global, también. Prevenir. No llegar a colapsar para reaccionar. Preservar. No dejar que se rompa.
Quien haya tenido la posibilidad de caminar en las cuasi soledades de los senderos, habrá experimentado el impacto emocional-espiritual y físico que genera esa energía en nuestra subjetividad, en nuestro ser.
Pues también es recíproco. Y sí nos damos cuenta de que cuando no parás de cruzarte con gente en ningún momento, ya casi se impide esa conexión, y el lugar no ‘respira’.
Educación ambiental y límites necesarios
Hace falta mucha educación ambiental, eso es un hecho. Un trabajo personalizado con cada une que decide adentrarse en esos santuarios, para lograr el menor impacto. Conocer sin romper. Eso no se está haciendo.
Y también ampliar el concepto de ‘Educación Ambiental’. Ver más allá de nuestro deseo inmediato. Ser capaces de renunciar de vez en cuando a alguna parte de nuestra ‘libertad’, en pos de la libertad de otras formas de vida. No arrasar con todo.
Estoy segura de que somos capaces, y de que ‘se puede’. Lo he experimentado personalmente, cuando descubrís, en la práctica, lo que genera el ‘desmanejo’. Y te sentís muy mal, y muy culpable.
Entonces, empezás a priorizar el mantener la esencia del lugar, a veces a costa de muchas críticas, pero también a mucha honra. Porque funciona. A veces ‘la gente’ lo descubre sobre la marcha. Otras veces, se cierra y se enoja. Si es así, que así sea.
Porque la política de ser 100% complacientes con las personas, lleva a perder de vista el resto de la vida.
La satisfacción es inmensa cuando te vas a acostar, y los sonidos son los del lugar, en plena temporada de verano.
Cuidar la experiencia de todes
Que quien vaya, pueda experimentar realmente eso: la magia del lugar, su energía. Los lugares lo agradecen. Y en algún momento, las personas también. A veces, los mismos que ponen el grito en el cielo porque no se puede esto o aquello, son los primeros en decir después que tal o cual lugar ‘se fue al carajo’ o ‘es un desastre’, pero a veces tampoco están dispuestos a poner su granito de arena porque eso no pase. O no pueden, o no quieren, dimensionar.
Manejo de humanes en las áreas protegidas. Normas de mínimo impacto YA.
Humanos en la montaña
Por ahí cuesta creerlo, pero muches no entienden que los lugares son seres vivos. No todas las personas, obviamente, pero hablando de las que sí, miran el ‘paisaje’ como si fuera el telón de fondo de su aventura, algo así como una pintura, una escenografía.
Por ej, ir a un lugar le dicen ‘hacerlo’: ‘voy a hacer la Roca’, ‘hicimos el Lanín’, y así van ‘coleccionando’ los lugares que ‘hacen’.
Intentar imponerle a los lugares nuestros planes también es un error común. No entender que ahí hay una comunicación, un ida y vuelta, y que hay que ir permeable a escuchar la aceptación o no del lugar, o las sugerencias también. Esa actitud, llevada al extremo, convierte una subida en una auténtica lucha, ‘la inhóspita montaña versus Yo’, donde muches declaran ‘Llegamos’, casi como ‘la vencimos’.
Con lo lindo que es que un lugar te regale el abrirte la puerta y el alma. Muy antigua esa mirada, pero aún presente, más propia de la época de la Conquista, en la década del ’50, así como todavía hay reminiscencias medievales en nuestra era digital.
Cuidar el Motoco y acompañar a quienes lo visitan
Bueno, en mi caso tengo claro que en mi interacción con la gente, la prioridad es SIEMPRE ‘cumplir la función’, que en nuestro caso, que sí hacemos un manejo, consiste en velar por el cuidado del Lugar en primer lugar, y la seguridad de las personas, segundo, pisándole los talones. Es decir que, suba quien suba, amigue, desconocide, enemigue, local, visitante, me caiga bien, me caiga mal, masomenos.
Seguridad, información y toma de decisiones
Lo que hacemos es informar e informarnos en primer lugar: intenciones, opciones, tiempo disponible, condiciones del clima, estado físico, especialmente si hay lesiones, si hay agotamiento, etc, para hacer un plan viable y consciente, que permita a las personas conocer, pero también disfrutar.
Siempre con el espacio para el libre albedrío, pero siempre dentro de cierto marco también, basado en normas generales, y personalizando cada situación en particular, y en cada momento preciso. A eso nosotres lo llamamos cuidado. Luego, cumplida ‘la función’, siempre hay un margen para una interacción más personal, que es algo que el trabajo muchas veces permite, porque las personas nos encontramos allí en un marco propicio para el compartir, por el entorno de calma, la salud de la caminata, el hecho de quedarse a dormir, etc. Eso se da a veces y tiene más que ver con la personalidad.
A las chicas que han trabajado conmigo, siempre les he dicho que lo que sean preguntas del lugar siempre se contestan, y preguntas personales contestan si tienen ganas nomás, no estamos obligadas.
Los vínculos que nacen en la montaña
Con algunas personas pegamos una onda especial, y ese es un plus del laburo. A veces quedamos contactadas, incluso accedemos a algo parecido a una amistad. Otras veces, cuando ha dado para la charla, pero siempre centrada en una, devolvemos un poco la pelota, y les preguntamos por sus vidas. Resulta muy enriquecedor, la diversidad de mundos con los que interactuamos, personas de tantos lugares diferentes, a veces accedemos a mundos laborales remotos para nosotras, a otros paisajes, a otras culturas.
Y otras veces también, a qué negarlo, también les he dicho a las chicas que si les buscan charla sólo por no poder estar ahí, en el lugar, por estar abrumades, tranquilamente les ponen cualquier excusa, y se inventan algo para hacer. Que no estamos para tapar agujeros, y que la gente va allá a enterarse de cómo es aquello, que por eso intentamos preservarlo.
O que si la gente, de por sí, busca su soledad y su silencio, se la deja en paz, no se la busconea, al menos que haya una necesidad real, algo que saber o transmitir. Y bueno, en el otro extremo, también anda gente muy irrespetuosa, que intenta hacer caso omiso de las indicaciones. En ese caso le ponemos todo, incluso el cuerpo, pero también hay un margen muy pequeño donde todas alguna vez tuvimos que decir ‘hasta acá llegué’, e incluso priorizar nuestra integridad física y ponernos a resguardo.
Mujeres en la montaña
Ser mujer en la montaña: experiencias y aprendizajes
Es pues… alucinante! Jajaj
En mis equipos de trabajo, siempre tendí a trabajar con chicas, y por varios motivos. En general, son más ‘pillas’, cazan todo más al vuelo, lo que hace los entrenamientos mucho más eficientes.
Los entrenamientos suelen ser 2 o 3 días muy intensivos, donde vemos muchos temas, parte en charla, parte en práctica, para después dejarlas unos días solas, que vean esa parte también: cómo logran aplicar lo charlado, cómo se sienten allá en soledad, fundamental, y ahí nos reunimos para analizar y ver, qué estuvo joya, corregir errores, compartir sentires y experiencias, etc. Luego volvemos a coincidir, tras algunos días libres, para seguir avanzando. Esos días, con sus noches, suelen ser cansadores para ambas partes, ellas reciben mucha data, yo me agoto tanto explicar cosas, pero bueno, sabemos que después nos separamos y recuperamos, y que en algún momento ya estaríamos, y dejamos esa etapa casi atrás, sólo evaluando el trabajo semana a semana, situaciones que se hayan podido presentar, etc.
Informar sin importar el interes
Bueno, he podido comprobar que en el caso de varones, fácil el 80% de lo charlado pasa de largo, no retienen, lo cual desmoraliza, porque es casi un esfuerzo perdido.
También sucede que los chicos, en general, padecen síndrome Robinson Crusoe al llegar, y están tan colgados de esa peli, que les cuesta contactar con la realidad que intento transmitirles, o incluso la que acontece a su alrededor.
Ponen mucho énfasis en su onda personal, son poco permeables a lo que se pretende, lo cual casi equivale a decir que tienen más ego.
Los desafíos de los estereotipos en la montaña
Ahora, durante esos entrenamientos, y porque vamos charlando un poco todas las típicas situaciones que suelen presentarse, tengo que advertirles que más temprano que tarde, va a llegar un chabón que lo primero que haga sea intentar medirlas, lo van a notar enseguida, una serie de preguntas pelotudas hechas desde un lugar de supuesta superioridad, tendientes a compararse a sí mismos con ellas para, inmediatamente concluir que ellos son ‘mejores’, ‘más montañistas’, y acto seguido, intentar imponerles ellos a ellas sus propias normas.
Eso se charla para advertirles que no se achiquen.
Porque lógicamente, una que está empezando en un trabajo nuevo tiene todavía un montón de inseguridades, pero bueno, no para que intenten demostrar nada, nosotras no tenemos nada que demostrarle a un pelandrún, en ese caso que nos mida el Lugar, que es el que nos dio cabida, pero sí que no se dejen avasallar, que se planten trankis en el lugar que ocupan, que por algo están ahí y no ellos, que lo tomen como de quien viene, un pobre tipo que todavía no aprendió la lección n°1 en montaña: la humildad.
Que sepan cómo vemos nosotres esa situación, para que sepan que estamos de su parte y no de la gilada. ¡Que la chupen los nabos!
Situaciones que se repiten
Se ve también, por ej, una situación bastante típica que son los matrimonios mayores, donde la mujer en general tiene mejor estado físico y facilidad para todo allá arriba, y los hombres suelen estar más arruinados. Sin embargo, se autoerigen en héroes que ‘llevan’ a la débil e ignorante mujer. En general, los hombres se auto perciben mejores de lo que son, y las mujeres son más humildes, casi a la vez que más capaces.
Esto es una generalización, claro está, pero lo suficientemente repetitiva como para tratarlo como un ‘caso típico’.
También otra situación que transmitimos como ‘típica’, es a la hora de filtrar en el Portal, es el caso donde la mujer viene muy cansada, lesionada a veces, y el hombre insiste en seguir adelante, porque él está bien, y le parece algo ‘menor’ forzar a la compañera que, vale decir, ‘siempre es un lastre’, les falta decir. Ahí ‘trabajamos’. Los hacemos tomar conciencia de que no se puede reventar a una persona, que quizás mañana va a estar peor, y va a tener el doble de distancia a recorrer. Que hay que escuchar al cuerpo y preservarlo como primera medida, especialmente en lugares de difícil acceso, donde dependemos de él. Parar y seguir al otro día, no se muere nadie. Esa intervención es necesaria por parte nuestra. Ahí tenés al supuesto ‘bueno’, incapaz de hacer una evaluación tan básica, y tornándose un peligro para él y otras personas.
Todo cambia fuera de la montaña
En general, una vez que ‘bajan’, logran sintonizar y armonizar. Esos ‘errores típicos’ que preguntabas más arriba, el tema del ego.
Esos personajes a veces gustan ridiculizar a la compañera (❗️), y agarrarnos a nosotras de aliadas: nosotres, ‘los buenos’ versus ella, ‘la desastrosa’. No hace falta aclarar lo bien que les va con ese intento.
También nos pasa que arriba, cuando hay días complicados, en el sentido de mucho trabajo, tenemos que hacer casi demasiadas actividades en simultáneo. Y creo que ya está demostrado, en casi todos los ámbitos, que las mujeres somos mejores que los hombres en eso. Nos sale mejor, y con menos esfuerzo.
Complementariedad y trabajo en equipo
Los hombres resultan imprescindibles, me atrevo a decir, para mantener el lugar abierto y en funcionamiento: los puentes que se lleva el río, los derrumbes, árboles gigantes caídos, mantenimiento de todo en general, aprovisionamiento (a caballo en nuestro caso).
Incluso la leña, todas tareas con las cuales nosotras colaboramos, pero que libradas solas no llegamos, o no podemos.
Porque no es lo mismo hachar, acarrear y tapar, que voltear, arrastrar con los caballos y trozar.
Tiene que haber equipo, digamos.
El equipo del Motoco
En nuestro caso, yo atiendo arriba y dependo de que Pichón suba con la mercadería para poder mantener todo en marcha.
También subo cosas, pero más en la media estación, no se puede cubrir todos los frentes. Pero también con los años fuimos viendo que es mejor que yo baje y haga la compra, porque no se me escapa nada, luego él la sube.
Porque si no, se olvida un montón de cosas, y ya arriba sonaste. En eso en general somos más organizadas y atentas.
Y también en mi caso cuento con él para toda emergencia: buscar gente, por ej, conoce el lugar como nadie, y con conocimiento baqueano, es decir con la posibilidad de rastrear a una persona.
Accidentes, a mí no me gusta nada, y él sabe moverse.
El incendio, sin ir más lejos, yo pude confiar en que, si no se levantaba viento, él subía y lo apagaba.
Desde mi observación, nosotras somos mejores para la prevención, y ellos para la emergencia.
Por eso en el Refugio prefiero a las chicas, porque trabajamos más en eso, atención, eficiencia, prevención. Pero sí, contamos con el respaldo de un hombre, y eso hay que reconocerlo.
Así como él cuenta con nosotras para que llevemos el lugar lo mejor posible. Resumiendo, podría decirse:
‘Quedate donde no hagan todo lo que yo digo acá’ ☺
Cuidar el Motoco por encima de cualquier beneficio económico
Habitar el Motoco desde el cuidado, la prevención y el equilibrio
Bueno, mucho de esto ya se ha mencionado en las anteriores preguntas. Dentro de lo que puedo agregar en este sentido, tal vez algo que es como una directriz que enmarca todo lo demás, y es NUNCA, pero nunca, poner el rédito económico por encima del cuidado del lugar.
Es decir, que ante esta disyuntiva, si se presenta, no hay duda de cuál es la decisión ‘correcta’.
Te pongo un ejemplo: acá, en la pandemia, empezamos a trabajar con grupos de máximo 6 personas. Se ‘descubrió’, en la práctica, que de esa forma, el trabajo es mucho más armónico, así como también se mantiene más intacta la energía del lugar.
Así nos guiamos: nosotres, que habitamos aquí, en baja temporada, en mucha soledad, le ‘conocemos’, sabemos cómo se siente. Después, lo que sea que se presente e interfiera demasiado en ese sentir, se considera poco deseable, y se regula. Es una forma de que quien venga también pueda ‘conocerle’. Y qué va, también que el Lugar nos acepte y nos cuide, un ida y vuelta. Sabemos que mientras el objetivo sea cuidar, estaremos bastante protegidos.
No perder de vista el propósito de las normas
Ahora, hay veces que nos contactan grupos de toda índole, capaz en primavera, cuando no hay un sope y sí mucho por hacer, y nos plantean capaz venir 15 personas, capaz sólo por el día al Portal, y claro que nos serviría, y un montón ese ingreso, porque cuando trabajás principalmente para mantener el lugar tranquilo, no la levantás en pala, más bien todo lo contrario (eso es algo que muy poca gente ve). Y es casi una tentación, a veces gente muy linda, muy respetuosa, pero sabés que si caés en esa, ya la cagaste. Y que hay que mantener la línea, para que eso se comprenda y se asimile.
O las chicas, cuando están en el Portal, a veces pasan rachas ahí en verano, de varios días de muy poco ingreso.
Y saben que si les llega un grupo, que casi llegan a rogar -ellas-, se pueden quedar 6, subir 6, o bajar todes, como prefieran.
No entregamos al hijo en sacrificio.
Ritmos, decisiones y permanencia en la montaña
O esta temporada ya casi pasada, que trabajamos aún menos que en la pandemia. La gente viene, y no mira el pronóstico. Se planifica para 3 noches, por ejemplo, y vos sabés que viene lluvia.
Se les informa. Que decidan en base a la calidad de su equipo, y las ganas de bancar el agua. Se les explican las limitaciones que van a tener, y que decidan a conciencia.
No se les gatilla sin más, porque hace falta (y mierda que hace falta… capaz ni para la comida alcanza), pero el cuidado, en este caso de las personas, está primero.
Cómo se construyen las normas para proteger un lugar sensible
Otro punto para mí importante sobre el cómo habitar aquí, tiene que ver con los ritmos de nuestras acciones.
Eso lo charlo mucho con las chicas, casi como primera medida. A veces la soledad puede generar ansiedad. Es MUY IMPORTANTE mantenernos centradas, y actuar desde el equilibrio.
Nada de arrebatadas. Porque esa ansiedad puede provocar accidentes tipo ‘domésticos’, que se lesionen, y acá, tan apartadas y solas, eso es muy preocupante.
Así que saben: lo primero y más importante es que no nos pase nada a nosotras. A partir de ahí, siempre intentando un equilibrio, administramos nuestro tiempo, que es una de las mejores ventajas del trabajo: la posibilidad de elegir nuestros tiempos y nuestros ritmos casi siempre. Sólo la gente que llega nos marca un tiempo determinado, a veces también el clima. Pero en cuanto a energía personal, decidimos nosotras.
(Bueno, en este sentido, con los años, casi tuve que trabajar el otro extremo de esta energía: los trabajos DEBEN hacerse, tampoco aplastar el culo en extremo, y luego quejarse de que una está aburrida. Podemos elegir nuestro mejor momento, pero hay que elegir alguno, jajaj).
El objetivo que transciende a las personas
Bueno, y después estar atentes a lo que va surgiendo. Como decía antes, se empiezan a presentar situaciones, generadas por la gente, a veces impensadas (como tallar tus iniciales en un Alerce Milenario, o que todo el mundo empiece a llevarse un pedacito de estopa, por ej, lo que en breve devendría en un saqueo del lugar, basura que empiece a quedar, baños al aire libre, ruidos molestos, actitudes temerarias que generan situaciones de riesgo, tema horarios, etc), que son las que van de algún modo ‘armando’ el ‘reglamento’.
Eso, claro está, si las personas a cargo del lugar se ocupan de ello. Entonces no sé si hay ‘una forma’, porque cada cual tiene la suya, y cada lugar su realidad.
Lo que sí me parecería importante, es estar atentis a lo que surge, y no permitir que se vaya de las manos.
Mientras se cumpla el objetivo de no llevarnos puestos los lugares ‘sagrados’, y de prevenir todo lo posible accidentes o situaciones donde la misma gente la termina pasando mal, situaciones límite, la forma se la va dando cada persona que trabaja, que visita, y los mismos lugares, si no los ahogan.
Gestión cotidiana de visitantes y conservación
La ‘normalidad’ al recibir gente, al momento del registro, es pedirles a todes que usen las letrinas y no el bosque, para mantener la limpieza del lugar. Que en las letrinas hay bolsas para el papel, que los residuos orgánicos los pueden juntar aparte, y dejarlos, y los inorgánicos deben bajarlos.
Esto hay que hacerlo personalizado cada vez, y de manera verbal, aunque haya cartelería, porque descubrimos que si no lo hacemos el área de acampe se transforma en un baño al aire libre, con un sembradío de papeles higiénicos, y empiezan a quedar acá ‘de regalo’ las bolsas de basura.
Con todo ese detalle, igualmente encontrás ‘sorpresitas’, pero se reducen en un 80-90%.
Seguridad, planificación y acompañamiento de quienes recorren el Motoco
Charlamos de su tiempo disponible, sensación corporal, recorridos habilitados en ese momento y condiciones del clima.
En base a eso, se llevan las posibilidades, y les pedimos que pasen a avisar antes de salir para arriba.
De acuerdo a la hora, y destino, les damos las recomendaciones que correspondan para ayudarles a no perderse ni retrasarse, y les pedimos que pasen a avisar cuando estén de vuelta.
Cuando hay bastante gente, todo esto queda asentado en un cuaderno, y llegando a la hora límite de regreso, vamos rechequeando que haya vuelto todo el mundo, o anoticiando de quiénes pudieran faltar. A veces vamos a ver si ya llegaron y se olvidaron de pasar, esas cosas.
En los días de bastante laburo, es un horario casualmente tipo ‘pico’ de trabajo, y ahí tenés el cerebro medio desdoblado entre eso y las atenciones múltiples que surgen de la ‘normalidad’ (comidas, duchas, preguntas, aguas calientes, kiosco, gente que aún llega, etc).
Silencio, convivencia y respeto por la experiencia del lugar
Tenemos un ‘horario de silencio’, de 23 a 9, donde las conversaciones deben ser en voz baja, no perturbar el descanso de la gente y la fauna.
Lo mismo con las guitarreadas, que no las permitimos, porque desvirtúan un poco (o mucho) el clima del lugar. Quienes quieren escuchar el río, el silencio, el viento, no pueden. También las aves se sienten molestadas. Siendo que hay tantos lugares para ese tipo de actividades artísticas, y tan pocos para estar a solas con la paz, acá elegimos ser esa 2da opción, dado que el lugar es especial. Al fin y al cabo, son sólo 2 ó 3 días para ‘abstenerse’ la gente, pero acá había empezado a ser cosa de todas las noches para les habitantes del Lugar.
Tampoco damos cabida en el lugar para venir ‘a entrenar’.
Se puso muy de moda eso, y se empezó a llenar de gente que viene con lo puesto todos estos kms, le molesta detenerse a registrarse y conversar, ‘porque está entrenando’, cada vez quieren abarcar más distancia, ya rozando el delirio (arriba se perdían, por andar así, apurades, más pendientes del reloj que del sendero, luego te acusaban de que estaba mal señalizado 😄). En el sendero te los cruzás, capaz vos en subida y con carga, y ellos bajando a la chapa, y dan por sentado que te corrés vos. Te tiran el cuerpo encima. A veces ni espacio hay para correrse en tan poco tiempo, porque este sendero tiene mucho desfiladero. No importa nada, elles no pueden parar.
Así que corta, a entrenar a otro lado. Acá recibimos caminantes, que caminan al ritmo que les salga, rápido o lento, pero siempre cruzándose con quien toque en calidad de seres humanos conscientes.
Cupos, regulación y conservación en el valle del Motoco
En el Portal se ‘filtra’ horarios: después de determinada hora (18hs en verano), ya no se puede pasar para arriba.
También se cuida el ‘cupo’, que para el Refu era de máx 15 personas, o 40 en total, entre camping y refugio.
En general andan menos, un promedio de 15 por día, a veces más, a veces menos. Pero suele haber un día en toda la temporada donde tenemos 40. Nunca hubo que aplicar el cupo en el Portal, porque ese día da justo. Pero sabemos que en fechas claves como Semana Santa por ej, mientras estás a full sabés que no te va llegar más gente de la que entra, y es una tranquilidad.
Toda la regulación hace que el cupo se mantenga ahí, pero bueno, las chicas en Portal saben que si un día pasan más de 20, y la mayoría se va quedar 2 noches, al día siguiente tienen que estar atentas. El Portal lleva el registro de quienes pasan y quienes bajan.
Arriba estamos más atentes del tema recorridos: horarios máximo de salida y regreso de cada recorrido, y horarios de bajada al pueblo o al Portal.
40 personas en el Motoco puede parecer demasiado
La gente que viene acá suele pensar 40 y se horroriza. Pero la realidad es que muchos refugios reciben 150 mínimo por día.
Cuando hay 40 tampoco es que sea nuestro ideal. Por un día está bien, pero no por varios seguidos, como pasó un verano, en 2017.
Pero bueno, ahí se presentaron tantas situaciones ante las que se accionó, con full de testigos, que al año siguiente, y de ahí en adelante, ya volvimos a estar ‘normal’ ☺
Vivir en el Motoco: la soledad, la distancia y los afectos
Un invierno sola en la montaña
Al vivir y trabajar en un lugar tan apartado, a veces la lejanía de los afectos puede ser un alto costo a pagar por la vivencia, sobre todo cuando estamos arriba casi de manera crónica, y especialmente cuando hay hijes, nietes, personas mayores. Y ese precio no lo pagamos sólo nosotras, sino también quienes quedan abajo, que nos bancan en la nuestra, pero a quienes de algún modo les faltamos 💙
Acá complemento todo lo anterior con algo breve que escribí hace varios años sobre el invierno, y que creo que viene a cuento:
¿Cómo es un invierno
sola arriba?Es mucha soledad
y es previsión
Es estar atenta
al pronóstico
en la radioEs mañanas frías
y el sol
que no llega nuncaEs establecer rutinas sobre la marcha
para darte cierto marcoEs mucha lectura
MUCHA lecturaEs flashear
con cada nevada
y cada oportunidad de experimentar
lo que queríasEs mirar la lluvia
por la ventana
y que corran las lágrimas sin saber por qué
Tal vez sólo
por acompañar
O tal vez sólo
por la lejanía
de los afectosEs volverte
un atado de mañas sin darte cuentaEs muy poco sol
MUY poco solEs sentirte poderosa porque estás bien
pero también saber
que si esa noche anda el duende
vas a sentir miedoEs decir ‘mis gallinas
están mejor que ninguna;
pero acaso no podré
dar más y mejor?’
¿Acaso no estaré
fallando?Es decir,
el próximo invierno,
‘me conformo con menos
y quiero dar más’
El futuro del Motoco y las áreas protegidas
Conservación, gestión y participación local
Les diría (a las autoridades) que es URGENTE que empiecen a hacer su trabajo. Una institución o entidad que tiene a su cargo el manejo de un área protegida, debiera tener como prioridad, y casi única función, su conservación y cuidado. Son encargadas de mantener verdaderas fuentes de vida a nivel mundial, espacios de naturaleza cuasi virginal, que sostienen el agua y el oxígeno, o sea la vida misma.
Sin embargo, sus acciones son casi inexistentes, una fachada vacía de sustancia y contenido. Y lo peor: sus verdaderas acciones son subrepticias. Tras esa fachada de supuesta dedicación, que se cae a pedazos en un segundo para cualquiera que, sin mucha profundidad, se pregunte cuál es su rol, en qué consiste su presencia en el territorio, se esconde su real función, que esa sí es harto evidente: entregar las reservas al capital concentrado a nivel internacional.
Como el supuesto Estado ausente, que está ausente en sus funciones, pero trabaja activamente en la entrega de los recursos a los privados poderosos. Hoy, y desde hace mucho, se supone que la gente pobladora de la reserva posee ocupaciones históricas, que se heredan de generación en generación. Pero si una familia pobladora quiere vender, a los únicos que pueden comprar estas tierras, los poderosos, que supuestamente no se puede y es ilegal, no encuentra ningún obstáculo, es más, le allanan el camino y tienen todo resuelto al toque, zaz venta.
Las problemáticas de ANPRALE
Eso pasó, y sigue pasando, dentro de ANPRALE. Muchos supuestos refugios son tierras ya vendidas, donde los antiguos ocupantes están como cara visible, haciendo dulce si se quiere, pero donde se nota MUCHO la fuerte inversión repentina, parte del acuerdo, donde antes o después se blanqueará el verdadero propietario.
Y ahora le buscan la vuelta por ahí, con la complicidad del Estado, que lo avala, lo facilita, en una palabra, trabaja para ellos. Entonces, ¿qué le podés reclamar a un ente que está directamente entregando el territorio?
Porque de no ser así, sí, habría mucho para charlar y pulir sobre cómo debería ser el manejo del área.
Los desafíos actuales de ANPRALE
Pero resulta que ni siquiera hay plan de manejo vigente, sino un proyecto, que no se termina de aprobar por la cantidad de tensiones e intereses en juego alrededor del tema, en especial el tema tierras, la base de todo al fin.
Entonces sí, en un mundo más ideal, les podría hablar de las posibles medidas de manejo adecuado para la preservación y la seguridad, esa interacción necesaria con las personas que habitan el territorio, escuchar más su palabra, y también regular su actividad.
Hoy en día, cada cual trabaja como quiere, y eso no debería ser así. Debería haber un marco legal claro y uniforme, y la institución debería comprobar que funcione correctamente, porque no todo el mundo elige el cuidado.
Pero por lo que me comentaban guardias ambientales, o lo que sale de las reuniones, nunca se atreverían a hablar de cupos, a ocuparse personalizadamente de informar a quienes suben, de hacerles un seguimiento de seguridad, porque todo lo que pueda parecer anti turístico es como una fobia que les da.
Parece que el sentido común, es que cuanta más gente ande mejor para todes, y no los corrés de ahí. Están felices con el registro on line, en la práctica sólo cumple funciones estadísticas, ya que nadie se entera si alguien va o viene. Acá cuando piensan en quedarse un día más, y temen que se encienda una alerta por su registro, da risa y pena la ingenuidad, la gente realmente cree que funciona, toda una farsa.
Escuchar a quienes habitan y conocen el territorio
Y ese abandono, para mí no es casual.
Después viene la ‘solución’ privada. Estoy segura que una vez entregados los lugares, sí van a pelar argumentos de conservación y seguridad, para justificar la entrega y cuidarles las espaldas y la intimidad a los magnates.
Y por el lado de los no-pobladores, los ref del CAP, también avanzan con la misma política de entrega. Esa institución fue una de las primeras en prostituirse, al igual que el municipio y la provincia. Ya entregaron el Perito y el Piltri. Ahora tienen la mira en el Hielo. Avanzan por todos los frentes, dentro y fuera de ANPRALE.
Así que capaz demasiado pesimista mi visión, casi ni creo en decirles algo. Sí apoyar a quienes resisten esa entrega, desde adentro y desde afuera. En general las estrategias son de exigirles lo que deberían ir haciendo.
Las responsabilidades
Porque cómo regular si tu presencia y tu participación es casi nula. Primero te van a pedir que hagas algo, obvio. Y aunque sepamos que es todo una ‘mentirita’, tampoco pueden tirar la careta abajo, y decir abiertamente que no les importa lo más mínimo trabajar en el cuidado, y que en realidad tienen otro patrón, y trabajan para él de acuerdo a sus intereses. Así que molestar un poco, sí, no está de más. Que se hagan cargo, que escuchen también, que en mucho la gente que conoce de primera mano sabe más que los profesionales con título que contratan a veces en esos simulacros de responsabilidad.
Y que terminan también siendo funcionales a esas oscuras tramoyas de bienes comunes.
Hablar con Lila es una más de las experiencias inolvidables que nos permitió el Motoco
Quienes hemos recorrido el Motoco solemos guardar recuerdos muy precisos. El alerce que aparece antes de la primera pasarela. La pequeña playa de arena donde conviven alerces, tineos y nalcas. Los palos santos que anuncian la cercanía del portal. El verde profundo de algunos pozones del río. Las cascadas. El sonido constante del agua acompañando gran parte de la caminata. Los cambios del bosque entre una estación y otra. Los sectores donde el sendero se estrecha y la vegetación parece ocupar cada rincón disponible.
Con el paso del tiempo entendimos que, para nosotros, Lila forma parte de esos recuerdos. De la misma manera en que asociamos el Motoco a determinados paisajes, colores, sonidos y momentos del recorrido, también lo asociamos a su presencia, a sus relatos y a su forma de leer un lugar que conoció durante años sendero por sendero, crecida por crecida y temporada tras temporada.
En diciembre de 2025, un incendio destruyó el refugio. Meses después, en mayo de 2026, Lila cerró una etapa de su vida profundamente ligada al Motoco.
Al leer esta entrevista volvimos varias veces sobre una reflexión que ella misma comparte: de alguna manera, el Motoco quedó casi como cuando comenzó. Sin refugio. Sin grandes intervenciones. Conservando la esencia de un lugar donde el bosque, el río y la montaña siguen ocupando el centro de la escena.
Pero hay cosas que no desaparecen con una construcción. Hay presencias que terminan formando parte de la identidad de un lugar. Para nosotros, Lila es una de ellas.
Por eso, cada vez que hablamos del Motoco, cada vez que recordamos el sendero, el río, el bosque, los carteles, las historias o la experiencia de llegar hasta allí, su nombre aparece de manera natural. Como parte de la memoria afectiva que construimos junto a ese lugar.
Y también por eso quisimos compartir sus palabras tal como fueron escritas. Sin resumirlas, sin traducirlas y sin intentar decirlas de otra manera.
Porque cuando conversamos con Lila entendimos que los recuerdos, su superpoder de observación, las anécdotas y cada reflexión forman parte de una misma mirada construida durante décadas de convivencia con el Motoco. Como los líquenes que crecen sobre un tronco, como las raíces que se entrelazan bajo el bosque o como los arroyos que terminan encontrándose en el río, sus palabras forman parte del lugar que describen.
Y quizás esa sea una de las razones por las que, para quienes conocimos el Motoco a través de sus ojos, resulta imposible pensar uno sin la otra.































































